EL RINCÓN DE LONGINA: 'Reflexiones resentidas de una middle class mesetaria.'

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EL RINCÓN DE LONGINA: ‘Reflexiones resentidas de una middle class mesetaria.’

5 marzo, 2016
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A Alejandro Palomas, por aguantar con elegancia fenicia mis impertinencias.

Si hay algo más flagelante que ser mesetario es ser escritor de éxito en promoción. Mientras que los mesetarios, aunque pocos, podemos repartirnos la culpa entre todos para que sea más llevadera, el pobre escritor de éxito tiene que enfrentarse sólo, ante el peligro de hordas de lectores picajosos y resentidos, que han diseccionado sus libros, ya que cualquier afrenta, individual o colectiva, es motivo suficiente para tener su momento de gloria intelectual.

A que no te vienes conmigo a la presentación de Un perro – le dije yo a mi amiga Elena. Vamos y le tocamos un poco las narices a Alejandro Palomas, que además de ser calvo (he de decir que para mí los calvos tienen un plus de sexy) y escribir bien, el tío encima es periférico. Y además- pensaba yo; sólo lo pensaba, no se me fuera a notar la envidia cochina- me ha robado las flores, y el personaje. Porque he de decirles que esa pobre madre de Una madre, esa Amalia cegata, que todo lo tira, y a la que su familia trata con una condescendencia enojosa, como si fuera ya un caso perdido, esa madre soy yo. Mira Elena- le insistía a mi amiga, que, más prudente que yo, se lo pensaba demasiado- no deberíamos consentírselo. Al fin y al cabo, aunque emérita, sigues siendo maestra.

Lo que según yo no deberíamos consentirle a Palomas, es haber adjetivado a uno de sus personajes como más rancia que una maestrilla mesetaria. Y estábamos en Valladolid. Y allí en Oletum mi librería de cabecera di rienda suelta a mi justa ira, o, siendo sinceros, a mi resentimiento de escritorcilla de tres al cuarto, y no sólo le afee el adjetivo, sino que tuvo que aguantar estoicamente un montón de fotos de mis perras, Canela y Éboli, que, aunque castellanas, son bien fotogénicas. Y allí en la cola, mientras Palomas firmaba libros y veía perros, mi amiga me dijo bajito: Mira no soy quien para enmendarle la plana a ninguna maestra periférica, pero te aseguro que, si a este hombre le hubiera enseñado a escribir una maestrilla mesetaria cogería el bolígrafo bastante mejor. Aunque- ella siempre tan prudente- igual es que los niños periféricos son más sensibles. Quién sabe.

Y ahora que estamos en cuaresma, en un acto de pública contrición, y con fuertes golpes de pecho, nosotros los mesetarios nos arrepentimos de haber acabado con el paraíso andalusí, esa tierra de leche y de miel, con una población tan relimpia y tan bien avenida. Nos pesa firmemente que, por nuestra culpa, el Nuevo Mundo, ese edén primigenio, con su fuente de la eterna juventud y todo, se haya acabado llenando de piaras de cerdos, porque, reconocemos, aunque los porqueros los puso Extremadura, el viaje, al fin y al cabo, lo pagamos nosotros. Y de haber oprimido con el yugo y las flechas al resto de las nacionalidades históricas peninsulares; y si quieren, también reconocemos que el toro que mató a Manolete era de la meseta, de Salamanca, sin ir más lejos. Pero por Dios, señor Emilio Martínez- Lázaro haga de una vez los ocho apellidos mesetarios, que es la única forma de entrar en el Club de la modernidad periférica, ese nirvana perfecto donde no se necesitan ni vacunas. Quítennos ¡por dios! el adjetivo de rancio. ¿Y si llenamos de estrellas los capirotes de los penitentes para hacer una Semana Santa multicultural, donde puedan estar representadas todas las creencias, hasta en el mago Merlín? Dennos tiempo, algo se nos ocurrirá.