El MINISTRO Y EL PEÓN CAMINERO: una historia de ultrajes.

 Si algo me desquicia, aparte del pedorreteo descompuesto de las motos, y los malos modales, son los llorones: esos seres autoflagelados a los que siempre les van las cosas peor que a sus vecinos, y que van por la vida con cara de cordero abúlico degollado. Aunque hay días que ganas me entran de ponerme a plañir por las esquinas, más que nada para comprobar si te sale rentable, no vaya a ser que, de puro optimista y mujer hecha a sí misma, me quede fuera de la rebatiña. Como ya les he contado otras veces, lo del optimismo es como una prótesis de quita y pón según mis niveles de serotonina; pero el coraje, he de reconocer, se lo debo a mis ancestros. Y es que, esto de no ser llorones, forma parte de la idiosincrasia de mi zona, la Cabrera Baja leonesa(no sé porque nosotros nos vamos a privar de tener idiosincrasia, como el resto del país: que industrias no habrá en España, pero lo que es idiosincrasias podríamos hasta exportarlas).

Nosotros descendemos de una raza de titanes, de hombres y mujeres abandonados a su suerte en medio de las fuerzas desbordadas de la naturaleza(¡cómo se nota toda la panzada se películas del oeste que me he tragado durante la convalecencia de mi tío Arsenio!), obligados a hacer las cosas con la fuerza de sus brazos y a su manera. He de puntualizar que en lo de a su manera, las cosas no han cambiado: en aquella zona además de canteras de pizarra hay una inagotable cantera de ingenieros que, a su manera, son capaces de mover montañas, cambiar el curso de los ríos( bueno lo dejaremos en arroyos) y, ahora con las palas excavadoras, dejar el monte más lleno de rayas, que los extraterrestres las mesetas andinas. Y bien que sabemos que quen non chora non mama, que por algo somos medio gallegos; pero la experiencia nos ha enseñado, como a los gallegos, que o estás colocado cerca de la teta y la tienes bien agarrada con lo dientes, o más te vale emigrar. Y es que, ya desde los romanos, siempre hemos estado en la periferia de todas las administraciones y si algún dinero llegaba a mi pueblo, San Pedro de Trones, era para compensar a invalidos, y a huérfanos y viudas de guerrra. Bueno y la paga de funcionario de mi abuelo Faustino.

Por eso, cuando en los inicios de la democracia nos dijeron que iba a venir a nuestro pueblo todo un ministro del Gobierno de España (en mi pueblo siempre ha habido ministros, y hasta un príncipe, pero todos de la Iglesia) nos sentimos, al fín, desagraviados y ya en el centro de la Historia, con mayúsculas. No importa que sólo venga a una merienda, pensabamos en nuestra ignorancia en tema de autoridades; por fuerza ha de ver lo encajonados que estamos; que tal vez nos mejoraría mucho la vida un puente sobre el Cabrera, para evitar el paso de las bodegas de Puente de Domingo Florez, y nos alegraría el ánimo una piscina para el verano, y no tener que bajar hasta el río de Quereño, con toda la solanera de Julio y Agosto; que nos vendría mal algo de molicie, que el carácter ya lo tenemos suficientemente curtido. Y todos en A Terra, el único sitio llano de todo el pueblo, donde siempre se han celebrado las fiestas y los concejos, expectantes, ante la llegada del señor ministro don Martín Villa. Expectantes sí, pero sin pancartas; que a los de San Pedro de Trones el peloteo se nos ha borrado del mapa genético, por falta obligada de uso.

Y en primera linea mi abuelo Faustino, derecho como un junco, consciente de la autoridad que le daba el ser funcionario del estado y haber dedicado toda su vida a la cosa pública( porque, hay que decirlo, de las privadas se encargaba su mujer, mi abuela Margarita); ya que según las necesidades, había ejercido de escribiente, de notario y de sacristán; e incluso, de cura y exorcista. Pero esas son otras historias, que aunque dignas de contar, nos desvian del tema que estamos tratando. _Señor Ministro, este es el señor Faustino, una de las personas más ancianas del pueblo, y hombre de honor( esto del honor me lo inventó yo, para darle más realce a mi abuelo, y por ende a mi misma). Y mi abuelo, lejano y digno, como un patriarca biblico: _Encantado, señor ministro. Yo, como usted, también soy funcionario del estado, pero yo, por oposición. No sé si les dije que mi abuelo era peón caminero.

P.S. He de decir que ya tenemos piscina, una bien buena y rodeada de castaños centenarios. En cuanto al puente, aunque es una necesidad apremiante, parece que la cosa sigue verde; o serodia, como dicen en mi pueblo.

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