1809 en San Pedro de Trones. Una historia más o menos verdadera.
25 de Septiembre de 2011
A mis paisanos de San Pedro de Trones, un pueblo donde Dios sólo encontrará justos.
Aquí me tienen, en la Alta Saboya, subiendo y bajando pedreras. Y haciendo punto de cruz; como una Penélope, a la espera de que mi marido vuelva de hacer la arista Rochefort y las Grandes Jorases, que, aunque ha suscrito el mejor seguro de vida, Jordi Corominas, a mi se me antoja tan peligroso como la guerra de Troya. ¡Que esnobismo¡ U ociosidad, que diría mi abuelo: mira que venirse tan lejos para andar sobre piedras, con todas las que hay en mi pueblo. Es lo que tiene que te sepan vender bien una cosa, pienso yo (aquí como no hay tiendas normales, lo único que hago es andar y pensar), cuando veo a todos esos individuos llenos de cuerdas y arneses: si quieren hacer deporte de riesgo que se suban a las escombreras de mi pueblo. Que además son más modernas, y tienen más mérito: si un glaciar de estos de los Alpes se ha tirado sus millones de años para generar una buena pedrera, nosotros, en mi pueblo, en no más de cincuenta, hemos llenado todo el monte. Y no es pequeño, que conste. Es que en San Pedro de Trones, hemos hecho de la necesidad virtud, y como sólo teníamos piedras, ese tema, las piedras, lo bordamos: con ellas hacemos tejados, muros, escombreras, y como verán, las hemos usado incluso para apedrear a la historia.
Mi pueblo, San Pedro de Trones, aunque ahora se ha normalizado ( tiene su buena carretera, y una piscina de lujo entre castaños) siempre fue un pueblo atípico. Apartado de cualquier vía de comunicación, el único acceso era un camino pizarroso que un torrente, el regueiro da Chousa, ha excavado en una montaña (montaña, que hasta donde yo sé no tiene ni nombre). Era tan raro mi pueblo, que durante la adolescencia, en un colegio de Castilla, llegué a renegar de él. Y más de tres veces. Tampoco se me puede afear el que en esa edad, en la que te avergüenzas hasta del pecado original, no me atreviera a reconocer ante toda la clase, que mi pueblo ni venía en el mapa, ni tenía carretera. Que no hablábamos castellano ni gallego, sino una mezcla de ambos, con giros asturianos, una lengua con palabras propias que hoy me resultan de una gran riqueza fonética. Y cargando, además, con el mote de Heidi, sambenito que me colgaron en el colegio por mi cara redonda y colorada de montañesa, y por la morriña. Así, entre la vergüenza y la añoranza, yo buscaba en mis libros de texto alguna semejanza entre los clichés puebleriles de la época y mi rara realidad. Pero era inútil: en mi pueblo no había río donde pescar cangrejos con reteles, como los del libro de Geografía. Ni un horizonte limpio, con el sol poniente, parecido a la corona de nuestra virgen del Rosario, como los que venían en el libro de Formación del Espíritu Nacional; un horizonte, como cortado a navaja, desde el que un niño en pantalón corto, amenazara al futuro de la patria con un yugo y un haz de flechas cainitas; y es que en mi pueblo, San Pedro de Trones, por no haber no hay ni puestas de sol: la culpable es a Lomba de Xeixo, una loma que nos lo quita bastante antes de que oscurezca. Sólo el libro de religión, con sus regatos cristalinos, llenos de hojas amarillas, del Yo soy la fuente de agua viva me reconciliaba con mi realidad: porque así, o más bonitos, eran el regueiro da Chousa, los caborcos del camino de Robledo, o los prados de la Senra. Tuvo que pasar el tiempo para que comprendiera que la invisibilidad de mi pueblo no era única; que formabamos parte de toda una realidad fantasma europea, de un mundo olvidado por las crónicas y los periódicos, de la que tendíamos a renegar, porque nos parecía fea y sin futuro. Tuve que leer a John Berger, para comprender que los habitantes de mi pueblo eran tan invisibles como los de la Alta Saboya; pero que, aunque no hubiera tenido cronista conocido, mi pueblo, como todos los pueblos, ha producido sus propias historias; y sus propios personajes.
Ya sólo en mi familia hay un montón de historias y personajes, que mi nutrido público, es decir, mi tío Senén el joven y mi marido, me apremian a contar. Pero en la escritura, como en la vida, todo debe tener su momento. Y ahora es el momento de mi tía- abuela Dolfina, una gran cronista, y protagonista a la vez, de un montón de anécdotas, que todavía hoy se recuerdan en las matanzas y en los magostos; o se reían en las noches de los largos velatorios en las casas (en esto también nos hemos modernizado: ya tenemos tanatorio) para aliviar la tensión del duelo. Es una pena que en la memoria de mi pueblo, mi tía Dolfina haya quedado con una imagen tán bufonesca y atolondrada, con su ceceo desdentado, porque a mí siempre me ha resultado un personaje muy interesante, un personaje a reivindicar; de esos personajes redondos, que cuanto más los piensas más facetas les encuentras. Poliédricos, como dirían los entendidos; llenos de ángulos. Aunque lo de mi tía Dolfina más que ángulos eran púas: fue una feminista resentida, consciente de que en otro lugar y en otra época hubiera podido desarrollar sus talentos, porque buen campo había, decía ella, si se lo hubieran dejado sembrar. Siempre de negro, gran lectora y contadora de historias, pudo haber sido la Pardo Bazán de San Pedro de Trones, pero las circunstancias, y su padre, recordaba siempre que podía, la obligaron a abandonar las musas en aras de las vacas. Y encargarse de una casa con tres hermanos también solteros, que tenía, todo hay que decirlo, bastante sucia. Y es que mi tía, con buen criterio, en lugar de limpiar, leía todo lo que caía en sus manos, que solían ser libros de santos tremebundos, que atemorizaban sus noches ululantes de invierno (cada uno descarga adrenalina como puede: otros se dedican a trepar aristas y nadie les dice nada) con representaciones del maligno. Y a contar historias.
La llegada de la HISTORIA, así con mayúsculas, a las puertas de mi pueblo, durante el invierno de 1808 a 1809, está prolijamente documentada. Dentro de las campañas napoleónicas, o la francesada, que decía mi tía Dolfina, como un tsunami que arrasó Europa, los ejércitos británico y francés, penetraron por las riveras del Sil, dejando a su paso, como siempre ocurre, los cementerios llenos y las bodegas vacías. Cuenta mi madre, que le contaba la tía Dolfina, que allá cuando la francesada, los hombres de San Pedro, parapetados en la devesa das portas (dehesa de las puertas), se defendieron con valor e inteligencia, galgeando* piedras monte abajo, contra unos soldados franceses que intentaban subir al pueblo. Y que uno de esos soldados, como en una jaculatoria plañidera les gritaba: no matar, no matar, mujer e hijos tener, obligados venir*. Y aunque los datos son escasos y no dan para mucho, si aplicamos una comparativa, podemos suponer, que en aquella ocasión, como un siglo después, cuando, durante la Revolución de Asturias, los mineros se acercaron peligrosamente al pueblo, se activaría el protocolo de emergencias: no sé el orden de prioridad, pero las mujeres y los niños, el ganado y los santos de la iglesia fueron escondidos, a buen recaudo, arriba en las canteras, mientras los hombres defendían el pueblo. Yo sé que el relato quedaría más aparente si la devesa das portas escondiera los restos de un antiguo castro celta, de una aldea como la de Asterix, rodeada de una empalizada. Pero por el poco rigor histórico que me queda, les tengo que confesar, que la tal dehesa es un bosque de encinas, donde los de mi pueblo llevaban a sestear al ganado( palabras del tío Arsenio) en los días más calurosos de verano; y que las famosas puertas, no eran los restos de ninguna empalizada sino unos simples apriscos. Reconozco que la historia es más bien corta, y que puede parecer anodina. Pero han de reconocerme también a mi, que si los que tirararon las piedras hubieran sido galeses o escoceses, en lugar de los de San Pedro de Trones, ahora tendríamos toda una saga, con película y óscar incluidos. Y es lo de siempre, que no nos sabemos vender. ¡Mira lo bien que se venden los ingleses! Han convertido la desbandada humillante de su ejército, huyendo de los franceses, en toda una epopeya, la famosa March of Death.
Por eso, desde aquí le digo al señor alcalde de San Pedro de Trones, que, tratándose de mi pueblo, por un precio módico, yo me comprometo a inventar toda una historia, con castros celtas, templarios y romanos. E, incluso le añado,sin sobrecoste alguno, unos cuantos agravios comparativos. Y que aunque no esté la situación de las administraciones para muchos dispendios, que esto lo vea como una inversión a futuro. Porque está claro: las tonterías son tendencia. Y van a ir a más.
*En mi pueblo se les llama galgos a los trozos de pizarra que caen de las escombreras.
*Dice mi hijo Miguel que los soldados del ejercito napoleónico destacados en Puente de Domingo Flórez eran en su mayoría italianos.
*La impronta de la ocupación francesa en mi pueblo no fué muy ilustrada. Ha quedado un insulto, mamaluco (mameluco), que según mi madre viene a ser algo así como el cafre castellano. Total, de arriba o abajo, los dos son africanos.










